La Unión Europea y la reconfiguración del orden androcéntrico en las dinámicas de la globalización (IV)
“Tú eres reloj,
el vacío girando sobre sí mismo...”
Dulce María Loynaz: “Los motivos del reloj” en Versos 1920-1938
“Final de cuento:
... y colorín colorado,
La gallina de los huevos de oro,
se convirtió en gallo”.
Gloria Fuertes: “Final de cuento” en Historias de Gloria
La UE, apegada y fundamentada en la ideología neoliberal, no cesa de apelar a la igualdad de oportunidades para mujeres y hombres y establece normas, directivas (1) y programas (2) con el fin de promover dicha igualdad. Casi todas las recomendaciones de la UE a los estados miembros y, sobre todo, las directivas -que los gobiernos tienen que introducir obligatoriamente en las legislaciones nacionales- en materia de igualdad, giran en torno a la esfera laboral. Se presupone, pues, que el bienestar de las mujeres depende de su integración y participación en la vida laboral capitalista y que la igualdad se circunscribe al ámbito del empleo asalariado , lo demás, se dará por añadidura.
Sin embargo, la incorporación de las mujeres al empleo asalariado no ha variado un ápice el orden jerárquico entre los géneros pues, como se ha dicho anteriormente, las mujeres realizan ahora una doble jornada. Tampoco la erosión y “flexibilización” de la llamada sociedad del pleno empleo (se entendía, claro, para los hombres) producida por el vendaval globalizador, que ha conducido también a los varones a una vida laboral tremendamente insegura, irregular y discontinua, ha modificado las desiguales relaciones de género y los roles dentro del espacio doméstico. No vivimos, pues, en la sociedad del fin del patriarcado ni mucho menos en el fin de la historia, sino todo lo contrario.
Y al igual que sospechábamos, como en el caso de la política, que se pedía a las mujeres su entrada en las administraciones e instituciones oficiales cuando el poder político ya ha perdido importancia en favor de los poderes económicos, lo mismo ocurre con la esfera laboral, pues se pide la incorporación de las mujeres al empleo asalariado justo en el momento de mayor precarización, flexibilización y desprotección laboral. Quizás la solución deba buscarse en la democratización de toda la esfera económica y el mundo empresarial. Porque el poder económico es el más androcéntrico de todos, fundado única y exclusivamente sobre el dominio y la autoridad de quien tiene los medios de producción y posee el capital, y basado en la competencia y la rentabilidad, y no en la solidaridad o en dar respuesta a las verdaderas necesidades de la sociedad. ¿Sólo algunos deciden qué producir, de qué modo y cómo se reparte? Habría que limitar el poder del capital y poner en entredicho la propiedad privada de muchos de los medios de producción, democratizar las decisiones sobre qué producir, cómo y de qué manera se reparten los recursos y el trabajo.
El sistema y la publicidad han dejado de mostrar la figura de la mujer como madre, esposa y esclava del hogar y empiezan a propagar la versión superwoman, una mujer capaz de lidiar con ahínco, adaptabilidad y maestría en los dos ámbitos: cariñosa y responsable en el hogar, y competitiva y eficacísima en el puesto laboral. Esta doble socialización de las mujeres -que muchas mujeres han empezado a considerar como la única o la mejor manera de realización personal y social- es un aspecto nuevo que se introduce en el orden patriarcal. Y que no sólo está teniendo consecuencias importantes sobre el bienestar físico y psicológico poniendo en peligro la salud de las mujeres, sino que también tiene repercusiones sobre el orden simbólico y el orden económico y social (el capital succiona ahora de las mujeres tanto su labor “invisible” e impagada dentro del ámbito doméstico -pero fundamental para el funcionamiento de la sociedad en general y del mercado en particular-, como también succiona el trabajo que desarrollan ahora las mujeres fuera del hogar, y sigue succionando más todavía al ofrecer a las mujeres unas condiciones laborales más precarias que a los hombres y un menor salario), lo que permite aún más ahondar en la precarización de la esfera general del trabajo.
La precarización del trabajo no se circunscribe al ámbito del empleo, sino también al ámbito doméstico. La precarización dentro del hogar va en aumento puesto que el tiempo no mercantilizado (el tiempo para las relaciones sociales, el ocio, la cultura, el descanso, las relaciones familiares y afectivas, el disfrute natural, el sexo, etc.), se subordina siempre al tiempo del empleo y a las labores realizadas a cambio de un salario. Están variando los modos de vida y se tiende hacia una alimentación insana y desequilibrada: se come deprisa y corriendo y sin tiempo para cocinar, por lo que se recurre a la comida rápida, la comida basura y los alimentos preparados e industrializados. Es otra manera de acrecentar el consumo y de integrarnos como sujetos en la espiral interminable de la dependencia consumista: consumo-producción-consumo.
El sistema capitalista no se basa solamente en la esfera de la producción, sino también y cada vez más, en el consumo. Producción y consumo son las dos caras de la misma moneda. El capitalismo no pretende satisfacer necesidades, sino crear demandas para que exista un creciente mercado de consumidores y un aumento constante del nivel de consumo. Se trata de multiplicar las necesidades, sean éstas auténticas o ilusoriamente creadas por la publicidad y los mensajes de los medios de comunicación de masas. El objetivo último del mercado no es la satisfacción de necesidades, sino la acumulación de dinero. Y la globalización tiene como fin extender ese modelo a cualquier rincón del planeta, sin tener en consideración los límites ecológicos (3) y las desigualdades sociales cometidas bajo tan irracional empeño.
Las mujeres, la mitad de la humanidad, no pueden quedar al margen de la producción y del consumo y al margen de las pautas del sistema. Para el mercado, las personas existen como productoras de mercancías y/o como consumidoras de ellas y el hogar se ha convertido hoy en el lugar de consumo por excelencia, separado del lugar de producción. El capitalismo propaga una visión pervertida de los seres humanos, considerándolos como una mercancía más que se pone a la venta en el mercado laboral para poder obtener mercancías ahora desde el ámbito doméstico. Sin embargo, el ser humano no es una mercancía ni una máquina de producir y consumir. Todos los seres humanos –mujeres y hombres- tienen unas necesidades vitales: orgánicas, intelectuales y afectivas que deben satisfacer y desarrollar y que no se pueden resolver en el mercado. Las personas necesitan no sólo alimento, sino también higiene, descanso, afecto, cuidados y un entramado social en el que poder decidir, compartir y desarrollar sus verdaderas potencialidades, bajo un medio ambiente limpio y saludable. Es preciso, pues, repensar toda la esfera del trabajo, incluyendo también un replanteamiento del espacio doméstico no sólo para repartir el trabajo “sucio” - que lo hay en las labores de cuidado, como también existe trabajo muy gratificante- entre mujeres y hombres, sino ideando nuevas formas de vida y de asociación afectiva, familiar, laboral y social, creando nuevas formas de coparticipación y corresponsabilidad en todas y cada una de las tareas y estableciendo nuevos modos de socialización en las labores de cuidado que vayan más allá de la esfera familiar. Estas nuevas estructuras de vida deben trascender la radical separación entre la vida personal, afectiva y familiar y la vida laboral, e incluso, deben introducir el ámbito y la dimensión política de actuación y toma de decisiones, dentro de un espacio común que incluya y tenga en consideración todas las dimensiones humanas. Con el actual modelo, todas estas esferas son irreconciliables y crean sujetos esquizofrénicos y escindidos.
Las políticas de la UE y de los demás poderes públicos, que establecen una separación tajante entre la esfera laboral y la esfera doméstica, puesto que regulan las actividades de la esfera pública sin tener en cuenta las repercusiones que éstas tienen sobre la esfera privada, hablan ahora de conciliación de la vida familiar y laboral (4) . Sin embargo, no se trata de un cambio de rumbo en la percepción de que los sujetos no nos podemos escindir en sujetos públicos y sujetos privados, sujetos económicos y sujetos solidarios, sino que reducen el ámbito de lo privado a lo estrictamente familista. El objetivo es favorecer el crecimiento demográfico en una Europa envejecida y cuya población no aumenta, sino por la inmigración.
La Estrategia marco europea sobre la Igualdad entre hombres y mujeres (5) indica que el índice de desempleo femenino en los países miembros sigue siendo más alto que el masculino y que el desfase medio entre hombres y mujeres es del 20% (en España, Grecia, Italia y Luxemburgo supera el 30%), como también el desempleo de larga duración afecta más a las mujeres. El índice de empleo femenino sigue siendo muy bajo (cerca del 51% de media) y en algunos países es inferior al 40%, como es el caso en España e Italia.
El índice de empleo femenino disminuye cuando las mujeres tienen hijos pequeños, mientras que en el caso de los hombres se produce el fenómeno contrario. La feminización laboral se concentra en el sector de servicios y más concretamente en las profesiones asistenciales (ayuda doméstica, profesionales y ayudantes de la enfermería y enseñanza primaria) donde las mujeres realizan tareas de baja consideración social y bajo salario. Además, las mujeres reciben menor remuneración que los hombres por un trabajo igual o de igual valor, con una diferencia del 25% en el sector privado y del 9% en el sector público (6). Así pues, los parámetros del sistema económico y social europeo siguen sustentándose básicamente en la familia nuclear, y las políticas fiscales obligan a mantener las pautas del varón mantenedor económicamente y la mujer cuidadora sin salario o con peor salario. Los hogares monoparentales crecen, pero se consideran una “anormalidad” y la pobreza recae de forma desproporcionada en las madres solas y en las mujeres mayores que viven sin compañía. No olvidemos que en la UE, uno de cada seis europeos es pobre y la pobreza tiene género femenino.
La Estrategia Marco Comunitaria sobre la Igualdad se atreve a afirmar sin ningún rubor lo siguiente: “Las mujeres se integran menos que los hombres en el mercado de trabajo. En general, tienen trabajos más irregulares y peor protegidos, y al mismo tiempo llevan el peso de la asistencia a los niños y demás personas dependientes, lo que quiere decir que los problemas de ‘género’ en el mercado de trabajo siguen siendo importantes”. Esta última frase tan ambigua, no deja claro si lo que se quiere decir es que siguen produciéndose injusticias a causa del género dentro del ámbito laboral o que las mujeres, con sus “pesadas” cargas familiares, plantean problemas para el funcionamiento “normal” del mercado. Me gustaría pensar que se trata de un “error” involuntario, sin embargo, ateniéndome a la política general que practica la UE, que sacrifica a las personas en aras del crecimiento económico y la competitividad, sospecho que la frase no ha sido un lapsus lingue. El trabajo de cuidados, básico y necesario para el funcionamiento de la sociedad –y sobre el que se sustenta también el funcionamiento de los mercados- no sólo permanece invisible, sino que es considerado una pesada carga porque lo que importa realmente no son las mujeres y “sus problemas”, sino que el mercado y la mano de obra funcionen a pleno rendimiento.
Estas son algunas de las Metas de la estrategia de Lisboa en el ámbito de la política social que se proponen para paliar la desigualdad de géneros en Europa: “(..) incrementar el número de mujeres empleadas al 57% en enero de 2005 y a más del 60% antes del año 2010”; “Ultimar para finales de 2001 la labor de actualización de la legislación vigente sobre el principio de igualdad de trato entre hombres y mujeres en lo que se refiere al acceso al trabajo, a la formación y a la promoción profesionales y a las condiciones de trabajo”; “Crear antes del año 2002 indicadores para la atención a los niños y demás personas a cargo y para los regímenes de prestaciones familiares. Crear indicadores que impidan la discriminación entre hombres y mujeres en materia de sueldos”.
En fin, que la UE se propone el objetivo del “pleno” empleo en 2010, mientras la realidad diaria y cotidiana habla de despidos masivos, empleos y salarios cada vez más precarios y aumento de la pobreza y la exclusión social. Las fusiones y reestructuraciones de empresas europeas, en aras de la “competitividad” y los beneficios en bolsa, han costado, sólo en el año 2000, unos 350.000 empleos menos (230.000 en la eurozona) y las regulaciones que protegían a las industrias nacionales y locales han sido sustituidas poco a poco por regulaciones comunitarias que sólo protegen a las industrias de “alcance europeo” o de alcance mundial. La llamada de las mujeres al empleo bajo un modelo económico que es una máquina destructora de empleo es una paradoja. Desde la formación de la Comunidad Económica Europea, las empresas pequeñas y los negocios familiares “ineficaces” se vieron obligados a desaparecer o fueron absorbidos o satelizados por las grandes multinacionales para que éstas pudieran competir en el mercado europeo o global. La Política Agrícola Comunitaria, por poner un ejemplo, con la manipulación de los precios y los programas de apoyo a los grandes productores ha sido un ejemplo paradigmático de cómo el mercado único ha favorecido a las grandes empresas que practican una agricultura intensiva muy tecnologizada y lesiva para el medio ambiente -y con escasísima mano de obra- frente a las pequeñas explotaciones familiares más respetuosas con el medio, lo que ha ocasionado la expulsión del campo de miles de agricultores y agricultoras.
Lo que se necesita urgentemente es una crítica profunda a un sistema y una sociedad fundamentada en el trabajo y no buscar una perspectiva feminista que justifique y revalide la sociedad del trabajo. Para resolver la dicotomía entre las dos categorías del trabajo (empleo asalariado y trabajo) y solventar los desequilibrios entre la esfera pública y la esfera doméstica, desde algunos sectores del feminismo se ha pretendido monetarizar las labores de cuidado salarizando el trabajo de las “amas de casa”, a la vez que se enaltecía el trabajo de las mujeres considerando su labor social como fruto de una predisposición altruista y filantrópica de la condición femenina o como si se tratara de un rasgo biológico inherente al sexo (maternidad, mayor afectividad, etc.), sin tener en cuenta que en muchos casos el trabajo de cuidados es una exigencia y una obligación impuestas por la presión social, y que la realización de este trabajo no es siempre un camino sembrado de rosas y plenamente satisfactorio para las mujeres, sino bastante penoso en muchísimos aspectos. Monetarizar el trabajo doméstico conduce a una idealización absurda pues es imposible “valorar” y poner precio a las tareas de cuidado (¿cuánto vale amamantar y educar a una hija? ¿o estar pendiente de su bienestar físico y psíquico?) y además, contribuye a potenciar la noción de que todas las actividades humanas deben estar guiadas por el afán de lucro, como si todos y cada uno de los aspectos de la vida se pudieran y –debieran- mercantilizar. La sociedad no puede ni debe convertirse en un mercado donde todo se compra y se vende, aunque nos quieran imponer este modelo.
En este sentido, es esclarecedor comprobar que una de las primeras medidas que tomó la ultraderecha austriaca cuando llegó al poder en febrero de 2000, aparte de cambiar el nombre del Ministerio de la Mujer por el de Ministerio de la Familia, fue el establecimiento del llamado “cheque familiar”, que consistía en una ayuda de 16.000 euros para toda mujer que decidiera tener un hijo y permaneciera en casa durante 3 años. Esta medida, fue publicitada como un derecho de la mujer a elegir entre trabajar en casa o tener un empleo fuera, aunque claro está, los objetivos reales del gobierno del FPÖ presidido por el racista y xenófobo Jörg Haider, fueran el fomento demográfico de “ciudadanos puros” frente a la inmigración. –y eso teniendo en cuenta que Austria tiene la menor tasa de ocupación femenina de toda la UE. Salarizar el trabajo doméstico puede ayudar a la vida cotidiana de algunas mujeres, pero condena a las mujeres como colectivo a seguir aprisionadas en su rol tradicional.
Un concepto muy útil para reflexionar y desentrañar un poco la maraña de la esfera general del trabajo, ha sido la diferenciación entre dos lógicas distintas de tiempo, planteándole así un cuestionamiento general y teórico a todo el sistema capitalista androcéntrico –porque parece que no basta con afirmar que las personas somos seres humanos y no máquinas al servicio de la producción y reproducción de mercancías-. Por un lado, está la lógica del capitalismo globalizado que consiste en “ahorrar tiempo” en aras de la eficacia y la rentabilidad económicas, y por otro, nos encontramos con la lógica del “invertir tiempo”, en aras de unas relaciones humanas, familiares, sociales y personales más plenas y satisfactorias. Sin embargo, la contradicción irresoluble entre estos dos tiempos, impregnados de valores contradictorios e incluso antagónicos, ha sido pervertida desde el ámbito institucional que pretende hacer una componenda superficial y pueril, intentando conjugar ambos tiempos y esferas por medio de la anteriormente citada “conciliación de la vida familiar y laboral”. Conatos de esta válvula de escape que no conducen hacia ninguna parte, son las legislaciones de la UE y los países miembros que ahora promueven objetivos y disposiciones tales como la Recomendación comunitaria sobre Cuidado de hijos (7), la Directiva sobre Permisos parentales y por razones familiares (8) y otras recientes legislaciones nacionales, como si desde el ámbito político institucional se pudiera negociar un acuerdo en este sentido, a la vez que el rodillo globalizador -a la busca y captura del beneficio a corto plazo- aplasta cualquier intento de mejora en cualesquiera de estos dos ámbitos hoy separados, y eso sin adentrarnos en la imposible superación de la contradicción entre ambos dentro de los actuales cauces del sistema porque creer que firmando un pacto sobre el papel por medio de una disposición administrativa o una ley, obliga a un brusco y repentino vuelco del orden social y a un inmediato cambio de valores y actitudes, es una ingenuidad, cuando no una falacia.
La trampa del sistema y de la UE, es hacer creer a las mujeres que la subordinación de éstas se puede resolver a través del establecimiento de unos derechos individuales firmados sobre un papel y que se basan en contratos, pactos y negociaciones políticas y administrativas, ingresos económicos, etc., a la vez que se limitan y precarizan todos los derechos sociales conquistados históricamente. Se trata de formulismos que son muy propios del actual discurso neoliberal, pero que no proponen un cambio radical en el sistema capitalista global actual, ni tampoco un cambio necesario de paradigma en las relaciones sociales y humanas.
NOTAS:
(1) La Estrategia marco comunitaria sobre la Igualdad entre hombres y mujeres va en esa dirección. Entre las directivas podemos destacar: igualdad de remuneración, igualdad de trato en el acceso al empleo, igualdad de trato en materia de seguridad social, igualdad de trato en los regímenes profesionales, igualdad entre mujeres y hombres que ejercen una actividad independiente, mejora del nivel de seguridad e higiene para las trabajadoras embarazadas, permiso parental y directiva sobre la carga de la prueba en caso de discriminación por razón de sexo.
(2) Entre los Programas cabe destacar el programa STOP para reforzar la cooperación contra la trata de mujeres y niños o el programa DAPHNE para informar y proteger a las víctimas de la violencia, establecido para el período 2000-2004 y que dispondrá de 20 millones de euros.
(3) La tradicional separación de roles ha hecho que se extendiera la conciencia de que las mujeres se han ocupado solamente de la esfera reproductiva. Sin embargo, fue la revolución industrial la que incidió en la separación entre la esfera de la producción doméstica y la esfera mercantil. En el hogar y el huerto familiar se producían tanto los alimentos como los vestidos, por poner dos ejemplos y las mujeres contribuían a la producción tanto o más que los varones. Con el capitalismo, el trabajo comienza a relacionarse con la producción y únicamente se considerará trabajo aquél que establece una relación monetaria de por medio. La disociación entre la esfera doméstica y la esfera productiva no constituye, pues, una estructura rígida, sino que se trata de un proceso histórico que puede ser perfectamente alterado.
En las sociedades precapitalistas, la producción de mercancías tenía como fin la producción de valores de uso, es sólo con el capitalismo, cuando se generaliza la producción de mercancías y ésta se convierte en un valor en sí mismo. Ya no se produce para el uso, sino para acumular capital mediante la explotación del trabajo y el trabajo pasa a convertirse entonces en la principal forma de articulación social. Sin embargo, hay un tipo de trabajo que realizaban y realizan las mujeres y que no pudo ser subsumido dentro de la forma valor: el trabajo de cuidados y las actividades de reproducción dentro del espacio doméstico, aunque parte de ese trabajo de cuidados sí que ha ido integrándose poco a poco en la producción pues muchas de esas labores y actividades se han incorporado al mercado dentro del sector servicios: cuidado de los niños y de los mayores; atención a los enfermos y discapacitados; preparar la comida; confeccionar, lavar y arreglar la ropa..., etc, Sin embargo, el grueso de las labores de cuidado lo siguen llevando a cabo las mujeres y muchas de estas ocupaciones jamás podrán ser integradas en el mercado.
La dominación androcéntrica no ha estado sólo determinada por la separación entre las esferas productiva y reproductiva entendida como un factor socioeconómico, sino también ha venido prefijada por la intervención de factores socioculturales, psicológicos y simbólicos que han adjudicado una minusvaloración de las mujeres y de los roles que les han atribuido.
(4) Si hay algo que diferencia a la especia humana de las otras especies animales, aparte de la racionalidad y el lenguaje, es su capacidad para producir desechos y contaminación. El modelo capitalista actual de producción y consumo está poniendo en peligro la existencia de una vida futura para la humanidad. El crecimiento económico lleva aparejada la reducción de las reservas no renovables y la degradación de los sistemas naturales, además de generar otros problemas que no tienen vuelta atrás (adelgazamiento de la capa de ozono, cambio climático, extinción de especies, pérdida de biodiversidad, contaminación, etc.). Las ventajas a corto plazo de la acumulación capitalista para una minoría, han sido las causantes de la actual crisis ambiental y social. Hoy se ha comprobado que la continua acumulación de capital es un objetivo irracional, vivimos en un mundo finito y el crecimiento tiene límites. El consumo de los recursos naturales actual ya excede los límites sostenibles y la tarea principal del desarrollo debe ser redistribuir el flujo de los recursos sostenibles, redistribuir el flujo de la riqueza ya existente. Es preciso reformar el sistema de producción, minimizar la dependencia de la extracción de más recursos y, por supuesto, es preciso eliminar las formas no esenciales de consumo. En vez de seguir conquistando la naturaleza y someter la realidad, debemos reconocer los límites y someternos a la realidad: el mundo físico es finito para todos, aunque las ansias de beneficio sean infinitas para algunos.
(5) COMISIÓN EUROPEA: Comunicación de la Comisión al Consejo, al Parlamento Europeo, al Comité Económico y Social y al Comité de las Regiones. Hacia una estrategia marco comunitaria sobre la igualdad entre hombres y mujeres (2001-2005). Bruselas, 7-6-2000. COM (2000) 335 final (http://www.europa.eu.int/eur-lex.es)
(6) Los datos que ofrece la Comisión Europea recogidos a través del EUROSTAT, no coinciden con los que ofrece el Consejo Económico y Social. Según el CES, la diferencia entre hombres y mujeres se sitúa entre un 20% y un 30% menos para las mujeres. Los países que ofrecen más igualdad de ingresos entre hombres y mujeres son Dinamarca, donde ellas perciben un 30% menos que los hombres, y Suecia, con un 32%. En el caso de España, las trabajadoras ganan un 58% menos que los hombres.
(7) Recomendación 92/241/CEE del Consejo, de 31 de marzo de 1992, sobre el cuidado de hijos. (http://europa.eu.int/scadplus/leg/es/cha/c10916.htm)
(8) Directiva 96/34/CE del Consejo, de 3 de junio de 1996, relativa al acuerdo marco sobre permiso parental concluido por la UNICE, el CEEP y la CES. (http://europa.eu.int/scadplus/leg/es/cha/c10911.htm)
Chusa Lamarca
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