La Unión Europea y la reconfiguración del orden androcéntrico en las dinámicas de la globalización (VI)
“El cuervo grazna,
pero la gallina pone los huevos”.
Proverbio
Cuatro mil millones de gentes sobre esta tierra,
y mi imaginación es la que era.
No se me dan bien los grandes números.
sigue conmoviéndome lo particular.
Wislawa Szymborska: El Gran número, 1976.
A nivel mundial, 2/3 del trabajo de las
mujeres no está integrado en la economía monetaria, frente a 1/3 del trabajo de hombres (1/4 en el caso de países empobrecidos). La extensión del capitalismo a los países periféricos exige integrar todo ese trabajo informal, en los circuitos de la economía monetaria y en los mecanismos de acumulación de la economía capitalista. Para ello, es necesario convertir a las mujeres en productoras y consumidoras “eficientes”, puesto que permanecen apegadas a una agricultura de subsistencia y con unos modelos tecnológicos “obsoletos”, y siguen unas pautas de vida y de organización social muy alejadas del modelo occidental. Hay pues que prepararlas para la modernización capitalista.
La UE y la mayor parte de organismos internacionales que ponen en marcha políticas de desarrollo, ven en la falta de educación de las niñas y mujeres no un problema para la autonomía personal y para la emancipación real de las mujeres, sino un hándicap que les impide insertarse en el mercado de trabajo y en la economía global, un óbice que les impide “disfrutar” de las “excelentes” oportunidades que ofrece la globalización. ¿Cómo pueden las mujeres permanecer al margen de las ventajas que ofrecen la agricultura y la industria no de subsistencia y de autosuficiencia, sino aquéllas destinadas a la exportación y los mercados mundiales?
Las mujeres parecen oponerse o se mantienen indiferentes a las “ventajas” que ofrece la liberalización comercial para los países en desarrollo. Así pues, hay que “capacitar” a las mujeres para la práctica de la agricultura intensiva, para la tecnologización de los modelos de la agro-industria y biotecnológicos, no en vano, según la FAO, las mujeres producen más del 50% de los bienes alimentarios aunque esta cifra varía mucho de unos países a otros. En Asia, por ejemplo, las mujeres. son responsables del 50% de los cultivos de arroz, y en muchos lugares no sólo son las proveedoras de alimentos básicos, sino que también son las encargadas de su transporte y venta.
La falta de educación de las mujeres se convierte en un obstáculo para la “eficiencia” y la “productividad” de la economía, en un obstáculo para la completa liberalización comercial y la plena configuración del mercado mundial, en un impedimento para extender la globalización capitalista a todos los rincones del planeta y a todos los ámbitos de la actividad social y humana. La mitad de la humanidad, las mujeres, no pueden quedar al margen del mercado, al margen de la producción y del consumo capitalistas. Y las mujeres son el principal escollo, el principal obstáculo para imponer el tipo de desarrollo que persigue la UE y que promueven todos los organismos económicos internacionales sin excepción y, muy especialmente, las grandes empresas transnacionales. La deuda externa, los planes de ajuste estructural aplicados por el FMI y el BM y las reglas del libre comercio impuestas por la OMC, obligan a que las economías de los países periféricos se dediquen a la exportación y no a satisfacer las necesidades de sus propias poblaciones, pero las mujeres siguen empeñadas en mantener la seguridad alimentaria a nivel familiar y comunitario, cuando la liberalización exige la producción rentable para la exportación y los mercados mundiales. Se intenta, pues, integrar a las mujeres en un modelo de desarrollo que las perjudica. Eliminar la pobreza se ha convertido en sinónimo de eliminar la autosuficiencia, la producción local y ecológicamente sostenible y la producción social.
Aun cuando los productos agrícolas subvencionados por la UE, entraban en competencia con los productos agrícolas de la producción doméstica y de subsistencia, incluso bajando los precios de estos, las mujeres no cambiaban sus modos tradicionales de vida y sus cultivos tradicionales. No es posible negociar con las mujeres, apegadas a la tradición y a la agricultura de subsistencia, sin interés por la mejora tecnológica y por la producción intensiva de alimentos, no es posible reconducirlas a los sistemas de producción para la exportación, y cuando tienen ingresos, estos ingresos los dedican a mantener a la familia, no invierten en otras tecnologías y tampoco son partidarias de la movilidad debido a sus responsabilidades familiares.
Se comienza a hablar entonces de capacitar a las mujeres y de darles acceso a la tierra y al crédito. Ese “capacitar” a las mujeres se refiere a “educarlas” para integrarlas en el mercado global, a dirigirlas a gestionar “eficientemente” según las reglas que establecen los organismos internacionales y las agencias de cooperación, a tecnologizar sus prácticas tradicionales haciéndolas dependientes y consumidoras de las semillas, abonos y fertilizantes de las grandes industrias agroquímicas y biotecnológicas y a “formarlas” para que respondan a un mercado “flexible” como mano de obra barata y de usar y tirar. Las mujeres se convierten en los “recursos humanos” renovables y más baratos de los que puede disponer el sistema.
Un punto crucial ha sido la invocación del derecho de las mujeres a tener “acceso al crédito” y al “capital de inversión”, el lema utilizado ha sido “el crédito es un derecho humano”. Se trata de una perversión puesto que tener acceso al crédito significa, en realidad, tener acceso al endeudamiento y disponer de capital de inversión es sinónimo de la posibilidad de engancharse al carro de la “modernización tecnológica” exigida por las transnacionales. Iniciativas como las del Grameen Bank, también llamado Banco de los pobres, se han extendido como setas venenosas por todos los países de la periferia, y han sido apoyadas por el FMI y el BM, al que se han asociado muchas ONGs incautas y/o interesadas. Las condiciones que se piden para acceder a los llamados microcréditos es que lo avalen 5 mujeres que son las que se comprometen colectivamente a garantizar el reembolso. Los créditos, claro está, no se conceden para actividades que no sean rentables, como por ejemplo, comprar una vaca o cubrir las necesidades alimenticias de la familia o de la población local, sino para actividades que sean rentables y competitivas y que tengan salida en el mercado internacional. Así pues, el empoderamiento de las mujeres a través de este tipo de iniciativas, consiste en hacerlas dependientes de la economía global, dependientes de una cultura tecnológica ajena, dependientes de una ética de la rentabilidad que no comparten y dependientes de un tipo de relación social muy diferente de su forma de concebir el mundo. Este tipo de iniciativas ha llegado a ser calificado por Hedwige Peemans-Poullet como “un proceso mundial de esclavización a través del endeudamiento” (1).
El “altruismo humanitario” del Grameen Bank no sólo publicita el microcrédito como un mecanismo para ayudar a las mujeres y para combatir la pobreza, sino también como un medio para luchar contra la usura de los prestamistas y los bancos normales. A las mujeres no se les informa de la tasa de interés establecida, ya que el reembolso lo realizan semanalmente, a lo largo de 50 semanas, cuando un empleado del banco visita el pueblo, pero la realidad es que la tasa de interés suele estar muy por encima de la de los bancos normales, es de un 20%. Y, “como los pobres mueren pronto o su salud suele ser deficiente”, el Grameen Bank ha establecido también un conjunto de seguros privados de salud, educación, jubilación, etc. Aprovechando también que los servicios sociales y los mecanismos de protección social han sido obligatoriamente desmantelados.
El cinismo es portentoso si tenemos en cuenta que desde los años 80, el BM y el FMI, en muchos países de la periferia practicaron la política de cancelar las ayudas a los pequeños y medianos agricultores provocándoles la ruina y dejándolos sin tierra y permitiendo que las transnacionales se hicieran con la mayor parte de las tierras, recursos naturales y empresas locales. Aunque el capitalismo huye de la planificación como de la peste, defiende a ultranza el “libre mercado” y reniega de cualquier tipo de control o regulación por parte de gobiernos y administraciones, la extensión del capitalismo y del mercado globales ha sido una operación bien planificada y puesta en práctica por los organismos económicos internacionales (BM, FMI, OMC), las instituciones y agencias de la ONU y los estados neoliberales de los países centrales, bajo los auspicios de las transnacionales.
Los nuevos colonizadores de los países periféricos no son los estados, sino las grandes transnacionales norteamericanas y europeas. El gran capital transnacional, y no los pequeños ahorradores, son ahora dueños no solo de la tierra y los recursos, sino también de las empresas y servicios privatizados.
El sistema capitalista no puede tolerar los mecanismos de ayuda mutua de la economía popular (como el establecimiento de turnos, reparticiones, distribución del tiempo, cajas de socorro mutuo, trueques, economías solidarias, bancos populares basados en los intercambios y en la circulación del dinero y no en la acumulación de éste, etc.), que atentan y desafían la propia lógica del sistema, no sea que los europeos descontentos intentemos reproducir y poner en marcha ese tipo de prácticas. El sistema tampoco puede permitir que queden sin colonizar ciertos espacios de economía informal y local donde circulan -o pueden circular- ingentes cantidades de dinero que constituyen un apetitoso y fácil reclamo para seguir incrementando beneficios. Para evitar esto, la idea que promueven las políticas de desarrollo de la UE es que los pobres –sobre todo, las mujeres- no pueden resolver sus problemas si no tienen un acceso “equitativo” a los servicios “financieros y comerciales” para el desarrollo. Así soslayan cualquier exigencia relativa a una redistribución equitativa de los recursos que les han sido expropiados a los pueblos de la periferia, y también a las mujeres.
Además, la UE y los organismos económicos internacionales consideran que las condiciones penosas de las mujeres son fruto del subdesarrollo y que la pobreza es una especie de “estado natural”, y no el resultado de unas jerárquicas relaciones de género y de los desequilibrios en la relación capital/trabajo que la globalización económica y tecnológica están agudizando, y fruto también de un proceso histórico en el cual las grandes potencias europeas colonizadoras se enriquecieron a costa del empobrecimiento de los países periféricos. A esto último es a lo que se apela cuando se habla de la deuda ecológica y social, una deuda histórica que el modelo capitalista y la “próspera” Europa siguen sin reconocer, igual que no reconocen lo que deben a las mujeres.
La mayor parte de los programas de ayuda al desarrollo se basan en que las mujeres obtengan un ingreso, sin que esto haya influido para nada en el supuesto empoderamiento de las mujeres. Al contrario, la conquista de la ciudadanía a través del ingreso, se ha convertido en una falacia, porque las mujeres siguen siendo igualmente pobres y lo único que les ha supuesto es la extensión de la jornada, mientras que los roles tradicionales permanecen inmutables y las mujeres siguen cargando con el peso de las responsabilidades familiares y las tareas domésticas.
Esto no ha ocurrido sólo con la agricultura, sino también con la industria. El crecimiento económico en los países en desarrollo se enfoca hacia la producción industrial y la exportación masivas y esto ha conducido también a la feminización de la producción de manufacturas ya que a las mujeres se les pagan menores salarios. La globalización conduce a la feminización de la pobreza, a la segregación de las mujeres en los guetos de las llamadas zonas francas donde las mujeres trabajan de forma intensiva para la industria en régimen de explotación, con salarios miserables, jornadas interminables, condiciones sanitarias y de seguridad sumamente precarias, sin derechos laborales, sociales, sindicales y ambientales. Y la ausencia de protección social y de derechos reproductivos (se despide a las mujeres al quedar embarazadas) es una constante en las fábricas del siglo XXI diseñadas por las transnacionales. La UE parece empeñada en reproducir la propia historia europea del siglo XIX, ahora en los países periféricos, cuando el paso de la agricultura a la industrialización (de nuevo es paradigmático el modelo del sector textil) condujo a las mujeres y a los niños a las cadenas de montaje en condiciones similares a las que describían Engels en “Las condiciones de la clase obrera en Inglaterra” o Dickens en sus novelas. Mientras en Europa se habla de sociedad postindustrial y de economía del conocimiento. Es más, en la propia Europa surgen islas de explotación para inmigrantes en oscuros talleres clandestinos o a pleno sol, en los invernaderos bajo plástico.
Los recursos expropiados históricamente a las mujeres por sus compañeros masculinos, son ahora reexpropiados por las transnacionales, y los esfuerzos vitales de las mujeres, los obstáculos cotidianos a los que se enfrentan día a día, siguen incólumes también siglo tras siglo, ahora incrementados por los efectos de la globalización económica. La integración de las mujeres en esa nueva jornada, no deja lugar a las mujeres para las actividades domésticas –en las que los hombres siguen sin tener ninguna responsabilidad material, social y moral-, y no dejan tiempo para la realización y el disfrute personal ni para las relaciones sociales, afectivas o familiares. El tiempo y la energía gastado por las mujeres en el nuevo mercado laboral, impide que proporcionen a las familias y a sí mismas, alimentos sanos y elaborados de forma tradicional. La monetarización, aunque siempre escasa, hace que tengan que satisfacer estas necesidades en el mercado comprando alimentos y productos industrializados, demasiado caros para sus salarios miserables.
No quiere esto decir que la crítica a la modernización se solucione con una vuelta a las sociedades primitivas, y que las mujeres permanezcan encerradas en las células familiares arcaicas donde el orden patriarcal se suele manifestar de la forma más violenta y cruda a través de matrimonios forzados u otro tipo de vínculos establecidos por la costumbre o una leyes tradicionales profundamente androcéntricas. Sino que la modernización no puede ser entendida en un único sentido: el del progreso capitalista y la occidentalización, un proceso de homogenización de culturas, sociedades, técnicas, conocimientos y modelos de vida y organización social, mercados únicos, monocultivos, pensamiento único, etc; pues la globalización no permite la diversidad y pretende imponer su modelo al resto del mundo. Así que el camino emprendido para que las mujeres logren de verdad el empoderamiento y recuperen el dominio sobre sus propias vidas, no puede consistir en un modelo que les viene impuesto desde fuera y a la fuerza (o, cuando menos, por la fuerza de la razón económica). Frente al progreso, se precisa un regreso a lo humano.
Desde algunos sectores se ha realizado una idealización del mundo rural y de las sociedades y culturas tradicionales, defendiendo una vuelta a lo local por medio de una mitificación de los valores del campo y de los roles tradicionales de las mujeres. Hay que tener en cuenta que una comunidad local o un pequeño núcleo familiar son igualmente opresivos para las mujeres, si no se trata de comunidades de elección en las que las mujeres puedan ser dueñas de sí mismas y decidir sobre sus vidas, y que no se deben “respetar” las leyes y costumbres tradicionales o la especificidad cultural impuesta por los poderes políticos o religiosos, sino ponerlas en tela de juicio, cuando oprimen y esclavizan a las personas y cuando son discriminatorias para las mujeres o no reconocen sus derechos humanos.
Por otro lado, la crisis ambiental y ecológica ha dejado bien patente que el modelo tecnológico empleado para la modernización capitalista ha sido un modelo inadecuado y dañino para la salud del planeta y de los seres que lo habitan, incluidos los humanos; y que no tiene ningún sentido mantenerlo y mucho menos exportarlo a los países de la periferia. La globalización capitalista pretende dar a entender que el proceso tecnológico tiene un único e inexorable recorrido y que los países de la periferia deben pasar por todas y cada una de las etapas y estadios del progreso y el desarrollo. Sin embargo, el progreso tecnológico es una falacia –como también lo es el desarrollo-, unas técnicas se dan en el mismo espacio de tiempo que otras, por ejemplo, la energía nuclear no supone un progreso en relación a la energía solar, sino un retroceso. Y, en cualquier caso, si ya existen unos conocimientos científicos y unos conocimientos tradicionales que permiten unas tecnologías no lesivas para el medio ambiente y unas técnicas controlables por los seres humanos sin que sean éstos los controlados por ellas, lo lógico sería utilizarlas. Sin embargo, apelando a una supuesta modernización y racionalidad técnicas, de modo interesado se mantiene y propaga un determinado patrón tecnológico, porque exportar el actual modelo permite a las transnacionales ampliar sus beneficios instalándose en los nuevos mercados (2). No todas las sociedades se pueden adaptar a un mismo modelo tecnológico, aunque los organismos internacionales y la UE, entre ellos, pasan este hecho por alto a la hora de transferir tecnologías y pretenden implantar los modelos occidentales como la “salvación” económica de los países en desarrollo, cuyos modelos de organización social son muy diferentes a los modelos aberrantes de nuestras sociedades de consumo.
Hoy los conocimientos y prácticas tecnológicas del sur se enfrentan a las patentes del Norte y el mercado se ha convertido en el único circuito de distribución de técnicas y conocimientos. Las reglas de este mercado, fijadas por los países del Norte a través de la OMC, hacen que la gran diversidad biológica del Sur esté siendo explotada por los intereses privados del Norte. El 80% de las patentes están en manos de transnacionales norteamericanas, británicas, alemanas, francesas y suizas. Las grandes empresas se apropian de la inversión pública en educación e investigación y del conocimiento y técnicas ancestrales, obteniendo ingentes beneficios a costa de un patrimonio común a todos los seres humanos.
NOTAS:
(1) Ver el excelente y esclarecedor artículo de Hedwige Peemans-Poullet: El luminoso porvenir del microcrédito o microcréditos para macroendeudamiento.
(http://www.creatividadfeminista.org/articulos/microcredito.htm)
(2) Las tecnologías no son una simple herramienta, sus modos y usos son un reflejo de nuestros valores ideológicos, culturales y éticos. La milenaria biblioteca de la vida y de la historia es una fuente inmensa y diversa que durante miles de generaciones ha ido acumulando un acervo importante de saberes tradicionales y conocimientos científicos. Ambos pertenecen al patrimonio común de todos los seres humanos presentes, pasados y futuros. Obviar esto supone desperdiciar una fuente inagotable de capacidades. Por el contrario, apropiarse del acervo común en interés y beneficio propio, es un robo, aunque las recientes legislaciones sobre patentes lo promuevan.
También nos hacen creer erróneamente que sólo las grandes empresas con recursos económicos billonarios, son capaces de desarrollar las mejores y más eficientes tecnologías. Por el contrario, la gran variedad de semillas desarrolladas por los campesinos/as y pequeños agricultore/as durante cientos de años, tiene una mayor productividad promedio y una mayor resistencia a las plagas y enfermedades que las semillas híbridas de “alto rendimiento” impuestas por las multinacionales biotecnológicas. Pero la cuestión está muy clara cuando consideramos que 5 compañías controlan el 70% de la distribución de cereal en el mundo.
Chusa Lamarca
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